El Padre McGivney y el Año de la Fe

¿Qué tiene que ver un sacerdote que vivió hace más de un siglo con el Año de la Fe, que comenzó el 11 de octubre? La respuesta se encuentra en la visión profética y la acción pastoral práctica del Padre Michael McGivney, quien no solo fundó Caballeros de Colón, sino que también se dedicó a las actividades cívicas y los contactos ecuménicos.

De hecho, se puede decir que el Padre McGivney, quien murió en 1890 a la edad de 38 años, se anticipó al Concilio Vaticano Segundo al dar poder a los laicos para que asumieran puestos de liderazgo en la Iglesia y al dar pasos firmes para llevar el mensaje católico más allá de los confines de la parroquia.

El Año de la Fe, que proclamó el Papa Benedicto XVI para ser una época de renovación, reflexión y Nueva Evangelización, comenzó en el 50º aniversario del Concilio Vaticano II y el 20º de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. Este mes, en el Vaticano, los obispos de todo el mundo, junto con sacerdotes, religiosos y laicos expertos (incluyendo al Caballero Supremo Carl Anderson), participan en un histórico Sínodo sobre la Nueva Evangelización, para desarrollar y descubrir nuevas formas de llevar el Evangelio de Jesucristo a un mundo devastado por la duda y el relativismo. Los guía el Espíritu Santo, así como la seguridad de que las cuestiones intemporales sobre Dios y el dignificado de la vida aún resuenan en el corazón de los hombres. Uno de los objetivos del sínodo es colocar las verdades eternas que preserva la Iglesia en un lenguaje y medio de comunicación que llegue al corazón de los hombres y mujeres de hoy, inmersos en una cultura secular.

En esta tarea grande y noble, la vida y el legado del Padre McGivney definitivamente tienen su lugar. La labor más duradera de este humilde párroco es el crecimiento constante y la vitalidad de Caballeros de Colón, que fundó en 1882 junto con un puñado de hombres en el sótano de la Iglesia St. Mary en New Haven, Conn. A partir de este modesto inicio, la Orden ha crecido hasta llegar a 1.8 millones de miembros en unos 15,000 consejos distribuidos en los 50 estados de la Unión Americana, Canadá, México, Filipinas, el Caribe y Polonia. Se trata de una organización fraternal familiar católica basada en tres principios básicos–caridad, unidad y fraternidad-que ha crecido no sólo en cuanto a sus números, sino también en su ayuda caritativa. El año pasado, Caballeros donó $158 millones de dólares a causas caritativas, así como más de 70 millones de horas de servicio voluntario. Este es un gran legado público que tiene efectos inmediatos y duraderos en toda la Iglesia y en el mundo.

Pero pueden encontrarse más ejemplos ocultos de la visión del Padre McGivney en su biografía, Parish Priest: Father Michael McGivney and American Catholicism, publicada en 2006 por HarperCollins. Cuando era un sacerdote joven en St. Mary, traspasó los límites de la parroquia para presentarse ante una corte de New Haven-lugar que, en esa época de los Know-Nothing y el anticatolicismo, no era nada amistoso-para supervisar la colocación de un huérfano, de una familia de la parroquia cuyo padre había fallecido. El Padre McGivney también atrajo a la hija de un importante ministro protestante al rebaño católico, y luego rompió el protocolo para visitar y consolar a sus padres cuando la joven murió inesperadamente.

Pero, para mí, uno de los mayores logros del Padre McGivney fue lo que no hizo. Al fundar Caballeros de Colón, insistió en que el funcionario en jefe-el Caballero Supremo-debía ser laico, aunque bien podría haber usado su condición de clérigo y su reputación para tomar las riendas de la organización. No solo esto, sino que después de un corto tiempo como funcionario no.2, se hizo a un lado para convertirse en Capellán Supremo, para supervisar solo el desarrollo espiritual y moral de la Orden. Luego, dos años después de la fundación, cuando el futuro de Caballeros aún era incierto, dócilmente obedeció la decisión de su obispo para que fuera pastor en una parroquia a 30 millas de New Haven, que era una gran distancia en esas épocas de coches de caballos. El Padre McGivney confió en que los laicos podrían tomar el liderazgo durante su ausencia.

En esta confianza en el laicado se ve el verdadero espíritu del Concilio Vaticano II, que celebramos durante este Año de la Fe. Que los sacerdotes y los laicos acudan unidos a la bondad y la guía del Padre McGivney.