Por el Padre Michael P. Orsi

Impresor Favorable

El padre Michael J. McGivney en una foto sin fecha, posíblemente en un retiro.

La vida de Padre McGivney constituye un modelo para infundirle nuevo vigor al sacerdocio ADEMÁS
Cuatro estrategias para mejorar la
formación en el seminario y las
parroquias católicas

Este ensayo fue inspirado por la biografía Parish Priest: Father Michael McGivney and American Catholicism [Sacerdote Parroquial: El Padre Michael McGivney y el catolicismo americano] escrita por Douglas Brinkley y Julie M. Fenster.

El Padre McGivney (1852-90) fue un sacerdote de Connecticut y el fundador de los Caballeros de Colón. En 1997, el Arzobispo de Hartford, Daniel A. Cronin, actualmente retirado, inició el proceso para la canonización del Padre McGivney. Considero que este libr o es particularmente pertinente en la actualidad, puesto que enfatiza la identidad sacerdotal. Demuestra la importancia de una formación temprana, y revela que la supuesta escasez de sacerdotes es más política que real.

CRISIS DE IDENTIDAD SACERDOTAL

En el pasado, la identidad sacerdotal se formaba en las primeras fases del desarrollo de la psiquis católica. Las biografías religiosas eran herramientas importantes para promover el sacerdocio. Estos libros eran abundantes en la literatura católica y formaban parte integral de la educación católica. Desafortunadamente, ese género decayó drásticamente desde la última parte del siglo pasado. Considero que esto se puede atribuir al espíritu igualitario que captó la eclesiologíapost Vaticano II, y que teológicamente continua como el “sacerdocio de todos los creyentes”. Esa idea pronto llegó a enseñarse erróneamente como la igualdad de todas las vocaciones en el Cuerpo de Cristo. A corto plazo, el significado católico ortodoxo de un “llamado más elevado” atribuido al sacerdocio y/o la vida religiosa se hizo obsoleto (si no es que una absoluta herejía) entre las nuevas élites que dominan la educación católica.

Como consecuencia, muchos de los sacerdotes héroes que una vez avivaban la imaginación de los jóvenes católicos — tales como Junípero Serra, Isaac Jogues y Damián de Veuster (el “sacerdote de los le-prosos”) — desaparecieron del currículo católico, y fueron reemplazados por “santos” seculares como el Dr. Martin Luther King, Bobby Kennedy y ahora por el cantante de rock Bono. Entre los que fuimos educados antes del Vaticano II, ¿quién no recuerda haber soñado despierto con ser un sacerdote como los que aparecían en nuestros libros católicos de historia o en las historias de inspiración que se encontraban en nuestras lecturas católicas? ¿Quién puede negar el deseo aunque fuera por un momento, de convertirse en sacerdote luego de que un reclutador vocacional itinerante ensalzaba las virtudes y visiones del fundador de su orden? Todas estas experiencias ayudaron a definir el sacerdocio, e inspiraron a muchos a querer emular a esos personajes reverenciados en sus vocaciones.

Después de leer sobre el Padre McGivney, he llegado a darme cuenta de que la crisis actual en el sacerdocio no ha sido el resultado de los escándalos de abuso sexual, puesto que todos saben que sólo una pequeña fracción de sacerdotes estadounidenses estaba involucrada. Ya tampoco creo que haya una verdadera escasez de sacerdotes. Sí creo, sin embargo, que tenemos una crisis de identidad relacionada con los sacerdotes, que ha sido manufacturada por una élite teológica y una facción liberal conocedora de los medios que sistemáticamente ha utilizado el escándalo para allanar el camino para un nuevo modelo de sacerdote en la Iglesia, que uno que es bastante contrario a la tradición católica.

ABNEGACIÓN DE CADA DÍA

Para contrarrestar esta crisis de identidad, es necesario restablecer la imagen del sacerdote como héroe. Tradicionalmente, la palabra “héroe” connota a alguien que se ha entregado a una causa, que arriesgó su vida por los otros, o que estaba dispuesto a sacrificarse por el bien común, impulsado por un amor a Dios, al prójimo o al país. El concepto necesariamente presumía una gran valentía ante la adversidad. (Por supuesto, debemos tener en mente que el uso contemporáneo ha diluido un tanto el nombre de “héroe”. Hoy tenemos héroes “deportivos”, héroes fílmicos “de acción” y hasta héroes de “rock’n’roll. No obstante, para nuestros propósitos asumiremos el significado tradicional).

La vida del Padre McGivney ejemplifica bien las cualidades heroicas de amor abnegado y sacrificio personal. El Padre McGivney fue un hombre que, física, emocional e intelectualmente, tenía todas las cualidades necesarias para tener éxito en el mundo. Sin embargo, para el bien de la Iglesia, dejó a un lado la riqueza, la familia y hasta su salud. Por ejemplo, en un episodio muy conmovedor, los biógrafos del Padre McGivney relatan la historia de un feligrés joven que cometió un crimen bajo los efectos del alcohol y fue sentenciado a muerte. Todos los días, el Padre McGivney visitaba al feligrés en prisión, lo aconsejaba a él y a su familia (y hasta acompañó a la familia al tribunal), y administró los sacramentos al hombre condenado hasta el día de su ejecución. El hombre, según nos relatan, tuvo una muerte piadosa debido al ministerio que le ofrecía el Padre McGivney. Los contemporáneos de Padre McGivney consideraron que este suceso agotó al sacerdote de tal manera que causó un rápido deterioro de su salud.

Gran parte del abnegado ministerio del Padre McGivney consistía en las labores cotidianas de un sacerdote parroquial: administrar los sacramentos, dar orientación, participar en las actividades de la parroquia y, por supuesto, en asuntos más mundanos como la recaudación de fondos y el mantenimiento de los edificios. También le preocupaba el bienestar social de sus feligreses, lo que con frecuencia incluía sus necesidades económicas personales. Esta preocupación fue lo que lo indujo a fundar los Caballeros de Colón. El Padre McGivney se dio cuenta que las familias católicas necesitaban ayuda en tiempos de crisis, tales como cuando el sostén de la familia quedaba sin empleo o moría. Fue su visión que los Caballeros proveyeran seguros de vida y beneficios a esas familias en los Estados Unidos, cuando aún no existía el sistema del Seguro Social.

‘LOS SACERDOTES HACEN SACERDOTES’

Además de fundar los Caballeros de Colón, la labor de Padre McGivney no era muy diferente a la de muchos sacerdotes que he conocido a través de los años. He aquí algunos ejemplos: Cuando niño, puedo recordar al padre de mi parroquia, el ya fallecido Mons. Arthur W. Pote, tratando incansablemente de recaudar fondos para reconstruir una iglesia mal construida mientras trataba al mismo tiempo de mantener dos escuelas, todo a costa de su propia popularidad (la gente se quejaba: “¡Todo lo que le interesa es el dinero!”), así como su salud.

O pienso en el Padre Thomas Lyons, nuestro párroco asociado, quien por 27 años incansablemente caminó por su parroquia, respondiendo a llamadas de personas enfermas y visitando a los que estaban hospitalizados. Recuerdo claramente a mi primer párroco luego de mi ordenación, Mons. Eugene Kernan, quedándose toda la noche con un feligrés en su lecho de muerte, y el cariño con el que apoyó a la familia antes y después del sepelio. (Estoy seguro, querido lector, que ustedes pueden dar muchos ejemplos propios de acciones heroicas que han conocido).

Los ejemplos mencionados sin duda son producto de la gracia, pero la gracia también se nutre mediante la formación. Siempre se ha reconocido que mientras más pronto se formen los jóvenes para las labores especiales, con mayor destreza se desempeñarán en sus profesiones, ya sea en las artes, en el campo militar, en la educación, en los deportes o en cualquier otro campo. Lo mismo es cierto para el sacerdocio (Michael McGivney comenzó su carrera en el seminario cuando tenía 17 años de edad), aunque en tiempos recientes se ha puesto de moda la triste falacia de que uno debe experimentar la vida antes de entrar al seminario. El posponer el ingreso al seminario sólo sirve para disuadir vocaciones, conduce a conflictos emocionales y, hablando en términos prácticos, causa una pérdida de tiempo valioso para moldear a un hombre en el sacerdocio.

Cuando se habla de un ingreso tardío, las leyes de la naturaleza actúan en contra de las vocaciones, puesto que el mensaje implícito en la idea de “experimentar la vida” es en realidad: “Prueba todo lo demás. Si no te funciona, ¡siempre puedes entrar al seminario más tarde!” Los sacerdotes potenciales pueden dejarse apartar del camino del discernimiento por las distracciones de una vida mundana. Por ejemplo, un hombre joven que continúa saliendo con chicas en realidad está buscando una esposa, no discerniendo una vocación. Es muy probable que encuentre alguna muchacha magnífica cuya presencia sea una promesa de satisfacción para toda la vida hasta que un día despierte y se pregunte si erró su verdadera vocación.

Me parece que el argumento en contra de un ingreso tardió al seminario queda probado por Jonathan Englert en The Collar: A Year of Striving and Faith Inside a Catholic Seminary [El cuello clerical: Un año de esfuerzo y fe dentro de un seminario católico] (Houghton Mifflin, 2006).

Englert pasó un año observando a cinco hombres que se preparaban para la vocación como segunda carrera, y describe lo que ellos pensaban, sus dudas y temores. Un hombre se pregunta cómo puede confiar en la sensación de que está siendo llamado al sacerdocio cuando lo que sentía por otras cosas en su vida, con frecuencia, había estado equivocado. Otro teme sentirse solo. El tercero echa de menos a su perro de caza. Es suficiente decir que cuando uno es joven, sus experiencias se pueden formar; cuando uno es mayor (como sucedió con los cinco seminaristas de Englert), las experiencias personales lo forman a uno.

Asistí a Cathedral Prep en Brooklyn, Nueva York, un seminario menor para jóvenes interesados en el sacerdocio. Recuerdo muy bien cómo los profesores nos decían una y otra vez: “Los sacerdotes hacen sacerdotes”. Teníamos excelentes modelos que no eran sólo maestros sobresalientes, sino que se daban a los estudiantes antes y después de las clases en sesiones de orientación, deportes y otras actividades extracurriculares. Todos queríamos ser como ellos. La lección que uno aprende aquí es que, aunque los docentes de los seminarios de hoy incluyen a muchos laicos y mujeres sobre salientes, la ma yoría de los profesores del seminario deberían ser sacerdotes, de hecho, los mejores sacerdotes de sus diócesis. Por supuesto, hay quienes protestarán (especialmente los obispos): “¡Tenemos escasez de vocaciones! ¿Cómo vamos a prescindir de un sacerdote para que enseñe matemáticas?” Pero el hecho es que el sacrificar a un buen sacerdote parroquial que participe en el seminario dejará enormes dividendos en cuanto al número y la calidad de nuestros futuros presbíteros.

Los largos años de vida en el seminario también dan tiempo para que el personal del seminario examine cuidadosamente al futuro sacerdote. No hay duda de que luego de ocho a 12 años de capacitación en el seminario, el seminarista conocerá la vida de un sacerdote, y también será bien conocido por sus compañeros seminaristas. Esa mutua comprensión aminora la posibilidad de que se cometa un error. (Me enorgullece decir que de los que se ordenaron de mi clase preseminario, ni uno de nosotros se ha salido del sacerdocio o ha sido acusado de mala conducta sexual. Quizás se pueda hacer un estudio para determinar si otros seminarios preparatorios han tenido la misma experiencia.

Otro beneficio de una capacitación temprana es el vínculo que uno forma con sus compañeros de clase, una solidaridad, que toma tiempo y múltiples experiencias compartidas de la vida. Durante mis primeros años en Cathedral Prep, teníamos libres los jueves, y asistíamos a clase los sábados. Ese horario nos recordaba constantemente que éramos diferentes, y nos forzaba a depender unos de otros para sentirnos acompañados. Recuerdo con alegría los viajes de una parte de Brooklyn a otra para una clase, un juego de softbol o para visitar la casa de un compañero de clase. Todos nos conocíamos muy bien y también llegamos a conocer a las familias de los otros. El crecer juntos como seminaristas creó un grupo de apoyo que ha continuado a través de la vida.

Para ilustrar: Hace unos años, me operaron de una hernia. Al enterarse de ello, mi amigo de más de 40 años, el Padre Anthony Manupella, insistió en que me recuperara en su casa parroquial. De igual forma, cuando mi mamá tuvo que ingresar a una casa de retiro, Mons. Fernando Ferrarese ayudó a que la aceptaran en una magnífica instalación católica. El Padre Glenn Hartman, sabiendo que yo vivía lejos de mi mamá, ocasionalmente viaja tres horas en transporte público para visitarla. Cuando estoy de visita en casa y no tengo auto, el Padre Sean Ogle y el Padre Robert Romano con frecuencia me llevan a diversas actividades. Hasta estamos pendientes de los otros después de la muerte. Un año después del fallecimiento del Padre Ted Kazanecki, me notificaron que nuestra clase se reuniría para una Misa de recordación, seguida por una cena con la mamá de él y su hermana como invitadas.

Agradezco a Dios todos los días por todos estos caballeros.

El Padre McGivney disfrutó su carrera en el seminario y sus compañeros de clase. Posteriormente respaldó con generosidad a sus hermanos sacerdotes cuando pasaron necesidad, y también dependió de la ayuda de ellos. ¿Por qué? Porque cuando uno recibe una capacitación como una familia — y no sencillamente como asociados profesionales — uno actúa como una familia. Y al final de cuentas, ¿no es eso lo que se supone que sea el sacerdocio?

EL MITO DE UNA ‘ESCASEZ DE SACERDOTES’

La historia del Padre McGivney ayuda a revelar el mito de la escasez de sacerdotes. El número de católicos que asistía a Misa y solicitaba los sacramentos durante el transcurso de su vida no era muy distinto a nuestra relación actual de sacerdote a feligrés. (Un almanaque católico de 1875 estimó la proporción entre sacerdotes y católicos en un sacerdote por cada 1,298 católicos; el informe no incluyó estadísticas de las diócesis grandes de Brooklyn y Baltimore. En el 2006, la relación era de un sacerdote por cada 1,636 católicos).

De igual forma, la situación contemporánea de sacerdotes con más de una parroquia no era extraña durante la era del Padre McGivney. Él mismo atendía dos parroquias luego de dejar St. Mary en New Haven (y, quiero agregar, él no tenía un auto para viajar entre ambas).

Nuestro error más común es olvidar que Dios siempre proveerá para su Iglesia. Él nos enviará los sacerdotes que necesitamos para transmitir la gracia que desea entregarnos. En efecto, se podría argumentar que siempre ha habido una escasez de sacerdotes. Después de todo, originalmente comenzamos con sólo 12. El problema es que nos malacostumbró una abundancia inusual de vocaciones a mitad del siglo XX.

Algunas estadísticas interesantes se dan a conocer en el estudio de 2002 de Paul D. Sullins, Empty Pews and Empty Altars A Reconsideration of the Catholic Priest Shortage [Bancos vacíos, altares vacíos: Una reconsideración de la escasez de sacerdotes católicos]. Sullins nos dice que la merma en vocaciones de por sí comenzó antes del Vaticano II, y señala que la baja en la razón sacerdote-feligreses luego del Vaticano II se ha compensado en gran medida con la disminución de los católicos que asisten a la Misa y solicitan los sacramentos. Luego nos recuerda los numerosos diáconos que ahora ayudan predicando, bautizando, casando y ofreciendo orientación, una clase de ayuda que los sacerdotes de pasadas generaciones no tenían. Finalmente informa este hecho tranquilizador “... hasta cerca de la Segunda Guerra Mundial alrededor de una tercera parte de las iglesias católicas no contaban con un párroco residente; luego de mediados de siglo, esa proporción ha ido declinando gradualmente hasta cerca de una quinta parte. Como es evidente, lejos de ser inusualmente alta, la tasa de sacerdotes no residentes está actual-mente en su punto más bajo del siglo”.

La invención actual de la escasez de sacerdotes está siendo promovida como una excusa por quienes desean eliminar el requisito del celibato y/o quieren abrir el sacerdocio a las mujeres. Esta supuesta escasez ha inducido un sentido psicológico de desesperación en muchos sacerdotes, de manera que han llegado a aceptar la idea de expandir la ordenación más allá de hombres célibes. Jesús sabía que las mentiras eran un instrumento del demonio, y advirtió que no se debía aceptar esta actitud derrotista. Dijo: “La mies es mucha, y los obreros pocos” (Mt 9, 37). También le dijo a San Pablo: “Mi gracia te basta” (2 Co 12, 9).

¿No sería agradable contar con más sacerdotes? ¡Por supuesto! Pero la escasez ha existido desde los comienzos de la Iglesia, y ¡mire lo que se ha logrado! Nunca debemos inmovilizarnos por probabilidades aparentemente abrumadoras. Los héroes precisamente tienen éxito al confrontar los desafíos.

Confío en que con estas reflexiones, usted pueda reconocer en su SACERDOTE PARROQUIAL parte de la historia del PADRE McGIVNEY

EL PADRE McGIVNEY: UNO DE MUCHOS

Tampoco debemos olvidar que la labor de un sacerdote abarca mucho más que su propia parroquia y tiempo de vida. Sólo imagínese cuántas almas fueron salvadas por la obra de Dios a través del Padre McGivney en su breve ministerio. Él tenía sólo 38 años cuando murió, y aun así, Dios continúa tocando vidas mediante él. Primero, en los sacerdotes que han sido inspirados con su ejemplo; segundo, a través de generaciones de laicos que tocó durante su fiel ministerio; y finalmente, en la obra de los Caballeros de Colón. Agudamente conscientes de este impacto intergeneracional de los sacerdotes, en mi sala tengo una galería de fotografías de sacerdotes que me han inspirado y continúan inspirándome mediante su vida sacerdotal, su amor y su ejemplo.

El general Douglas MacArthur dijo en una ocasión: “Los soldados viejos nunca mueren, simplemente se desvanecen”. Bueno, no sólo los sacerdotes viejos no mueren, sino que tampoco se desvanecen. Viven en sus hermanos de una generación a la próxima, y continúan sirviendo como mentores y modelos a imitar.

Este ensayo es un testimonio tanto al Padre McGivney como a mis hermanos sacerdotes. El Padre McGivney sirve como recordatorio de las vidas heroicas que llevan los sacerdotes. Nos relata la importancia de una formación temprana. Y finalmente, hace un llamado para que cada sacerdote confíe en que la obra de Jesús continúe en él, y así dará mucho fruto.

Confío en que con estas reflexiones, usted, querido laico, pueda reconocer en su sacerdote parroquial — o usted, querido sacerdote, vea en usted mismo — parte de la historia del Padre McGivney.

Conozco al Padre McGivney. Él ha sido mi pastor, mi maestro, mi amigo y mi colega. Él representa a numerosos sacerdotes virtuosos que han tocado mi vida. Si su causa de santidad es exitosa, será el primer sacerdote nacido en los Estados Unidos en ser canonizado. Les puedo decir por mi propia experiencia que debería haber muchos más.

El Padre Michael P. Orsi es un sacerdote de la diócesis de Camden, Nueva Jersey, y el autor denumerosos libros y artículos. Actualmente sedesempeña como capellán y catedrático becadopara investigación en ley y religión en la Escuela deLeyes Ave Maria en Ann Arbor, Michigan. Esteartículo está adaptado de uno que se publicó en laedición de febrero de 2007 de Homiletic and Pastoral Review. Se reproduce con autorización.Padre Orsi es miembro del Consejo Flatbush #497en Brooklyn, Nueva York.