El Padre McGivney y el Año de la Fe

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Year of Faith

¿Qué tiene que ver un sacerdote que vivió hace más de un siglo con el Año de la Fe, que comenzó el 11 de octubre de 2012 y termina el 24 de noviembre de 2013? La respuesta está en la visión profética y la acción pastoral práctica del Padre McGivney, quien no sólo fundó Caballeros de Colón, sino que también participó en actividades cívicas y ayuda ecuménica.

De hecho, puede decirse que el Padre McGivney, quien murió en 1890 a la edad de 38 años, se anticipó al Concilio Vaticano Segundo al otorgar poder a los laicos para asumir papeles de liderazgo en la Iglesia, y al dar pasos firmes para llevar el mensaje del Catolicismo más allá de los límites de la parroquia.

El Año de la Fe, proclamado por el Papa Benedicto XVI como una época de renovación, reflexión y una Nueva Evangelización, comenzó con el 50º aniversario de la apertura del Vaticano II y el 20º aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. Este mes, en el Vaticano obispos de todo el mundo, junto con sacerdotes, religiosos y expertos laicos (incluyendo al Caballero Supremo Carl Anderson), toman parte en un histórico Sínodo sobre la Nueva Evangelización, para desarrollar y descubrir nuevas formas de llevar el Evangelio de Jesucristo a un mundo devastado por la duda y el relativismo. Lo hacen con la guía del Espíritu Santo, y la seguridad de que las preguntas de siempre sobre Dios y el significado de la vida aún resuenan en el corazón de los hombres. Uno de los objetivos del sínodo es colocar las verdades eternas que preserva la Iglesia en un lenguaje y una forma de comunicación que llegue al corazón de los hombres y las mujeres de hoy, inmersos en una cultura secular.

En este noble menester, la vida y el legado de Padre McGivney definitivamente tienen un lugar. La labor más persistente de este humilde párroco es el crecimiento continuo y la gran vitalidad de Caballeros de Colón, que fundó en 1882 con un puñado de hombres en el sótano de la Iglesia St. Mary en New Haven, Conn. Desde su modesto origen, la Orden ha crecido hasta tener más de 1.8 millones de hombres en unos 15,000 consejos diseminados en los 50 estados de Estados Unidos, en Canadá, México, Filipinas, el Caribe y Polonia. Es una organización fraternal familiar católica de nivel mundial basada en tres principios básicos—caridad, unidad y fraternidad—que ha crecido no sólo en número, sino también en labor caritativa. El año pasado, los Caballeros donaron más de $158 millones de dólares y más de 70 millones de horas de servicio a obras de caridad. Es un maravilloso legado público que tiene efectos inmediatos y duraderos en toda la Iglesia y en el mundo.

Pero en su biografía, Parish Priest: Father Micheal McGivney and American Catholicism, publicada por Harper Collins en 2006, pueden encontrarse más ejemplos ocultos de su visión. Cuando era un sacerdote joven en St. Mary, salió de los terrenos de la parroquia para aparecer en el tribunal de New Haven—lugar que en esa época de anticatolicismo Know-Nothing no era nada acogedor—para supervisar la situación de un huérfano, proveniente de una familia de la parroquia cuyo padre había fallecido. El Padre McGivney también atrajo a la hija de un importante ministro protestante al abrigo del catolicismo, y luego rompió el protocolo cuando visitó y consoló a sus padres cuando esta joven sufrió una muerte prematura.

Pero desde mi punto de vista, uno de los logros más extraordinarios del Padre McGivney fue lo que no hizo. Cuando fundó Caballeros de Colón, insistió en que el funcionario principal—el Caballero Supremo—debía ser un laico, aunque habría podido usar su rango y su reputación como clérigo para tomar las riendas de la organización. No sólo eso, sino que después de un corto tiempo como funcionario no. 2, se hizo a un lado para convertirse en Capellán Supremo, supervisando únicamente el desarrollo espiritual y moral de la Orden. Luego, a dos años de la fundación, mientras el futuro de los Caballeros aún era incierto, obedeció la orden de su obispo para convertirse en pastor de una parroquia a 30 millas de New Haven, una gran distancia en la época del caballo y la calesa. El Padre McGivney confió la dirección a los laicos en su ausencia.

En esta confianza en los laicos vemos el verdadero espíritu del Vaticano II, que celebramos durante todo este Año de la Fe. Los sacerdotes y los laicos juntos acuden al Padre McGivney en busca de su bondad y dirección.